La IA generativa impacta en las organizaciones
Desde mi experiencia laboral en hiperautomatización y transformación digital, vivimos de primera mano la euforia que generó la irrupción de la IA generativa. Y más recientemente, el surgimiento de agentes autónomos impulsados por modelos de lenguaje. Pero también estamos viendo con claridad algo que muchas organizaciones aún están procesando. Lo verdaderamente disruptivo no es que una IA pueda generar texto, código o imágenes. Sino que ahora puede coordinarse con otras IAs, razonar en conjunto y ejecutar tareas complejas de principio a fin, sin intervención humana directa.
Este nuevo paradigma, que la literatura técnica denomina sistemas multiagente o multi-agent AI systems, marca un cambio estructural. En la manera en que se conciben los procesos de negocio, la asignación de tareas y, en consecuencia, el diseño mismo del trabajo en las empresas.
Hasta no hace mucho, los casos de uso de la IA generativa se limitaba a tareas acotadas. Redactar un mail, resumir una reunión, generar código base o armar un informe. Pero tal como lo señalan IBM y Deloitte en The Cognitive Leap (2024), estos modelos standalone presentan limitaciones. Para actuar con contexto, razonar en pasos y conectarse con múltiples herramientas empresariales. Y ahí es donde entran los agentes.
Un agente de inteligencia artificial es una entidad autónoma capaz de percibir su entorno (ya sea digital o físico). Como también tomar decisiones, planificar acciones y ejecutarlas en función de un objetivo definido. Cuando múltiples agentes trabajan en red, surgen capacidades emergentes. Colaboran, se coordinan, se supervisan mutuamente, aprenden del entorno y orquestan flujos de trabajo complejos. Con una precisión que empieza a igualar y en algunos casos superar a los humanos.
En la actualidad, ya se está implementando este tipo de agentes en procesos como soporte IT, onboarding de empleados, atención al cliente. También en conciliaciones contables y entrenamiento comercial, con beneficios concretos. Reducción de tiempos en un 60%-80%, disminución de errores, y mayor adaptabilidad frente a cambios del entorno.
Los agentes no solo ejecutan tareas, las entienden en su contexto. Como describe el World Economic Forum en su informe Navigating the AI Frontier (2024), estos sistemas incorporan memoria, planificación, sensores digitales. Y herramientas que les permiten actuar como verdaderos colaboradores autónomos. Su impacto en términos de productividad es considerable: en vez de mejorar una tarea puntual, rediseñan el flujo completo.
A modo de ejemplo: un proceso de auditoría financiera tradicional puede tomar semanas, involucrar múltiples personas, conciliaciones manuales. Además de validaciones cruzadas y revisión documental. Con agentes, ese mismo proceso puede ser modelado como un flujo compuesto por unidades autónomas (extracción de datos, validación, comparación, generación de informe). Que trabajan en paralelo y se retroalimentan para mejorar el resultado final.
El resultado no es solo velocidad, es inteligencia operativa, flexibilidad adaptativa y capacidad de escalar sin duplicar costos.
Es imposible hablar de esta transformación sin poner el foco en su impacto sobre el trabajo humano. Como indicó el Future of Jobs Report 2025 del WEF, se estima que entre 2025 y 2030 se crearán 170 millones de nuevos empleos. Pero también se destruirán 92 millones por obsolescencia de tareas, lo que dejará un saldo neto positivo del 7%, pero altamente disruptivo.
Estamos ante un momento bisagra. Así como la electricidad transformó la industria en el siglo XIX, o Internet cambió el comercio y la comunicación en el XX. Los agentes inteligentes están reformulando la forma en que las organizaciones operan, deciden, aprenden y escalan.
En definitiva, no se trata de elegir entre humanos o máquinas, sino de diseñar modelos organizacionales donde ambos coexisten y se potencien. Empresas más inteligentes, trabajadores más humanos, decisiones más rápidas y procesos más flexibles: ese es el futuro que estamos construyendo.
Pero ese futuro no es automático. Requiere visión, estrategia, inversión y —sobre todo— una profunda voluntad de transformación.
Por Eduardo Laens, CEO de Varegos

