El cibercrimen se convirtió en la tercera economía mundial
El cibercrimen dejó de ser un problema técnico para convertirse en un fenómeno económico global. Esta industria ilegal ya mueve US$ 10,5 trillones al año, lo que la ubica como la tercera economía mundial, detrás de Estados Unidos y China.
Dentro de este contexto devastador, en Latinoamérica, este negocio criminal crece de forma acelerada y de él se desprende otra problemática. La de la falta de empleo en el sector. La preparación para enfrentar el cibercrimen es mínima. Y se estima que solo el 2% de las empresas de la región cuentan con un director de seguridad de la información que lidere la estrategia de ciberseguridad.
En Argentina, la situación también es preocupante. Solo el 20% de las grandes compañías tienen un centro de operaciones de seguridad activo. Y ese número se reduce a un 5% entre las pymes, lo que deja a miles de empresas vulnerables frente a ataques cada vez más sofisticados.
“Estamos frente a un negocio criminal que crece más rápido que la capacidad de defensa de gobiernos y empresas. Si no reaccionamos ahora, el impacto económico y social será devastador”. Así lo indicó Sergio Oroña, CEO de Sparkfound. “En la economía digital, no contar con protección equivale a dejar la puerta de la empresa abierta. Los ciberdelincuentes aprovechan esas brechas y pueden paralizar operaciones completas en minutos”.
Como indicó el experto una de las claves es la ciber resiliencia. Consta de tener una preparación previa y una planificación. Así como monitorear para detectar ciberdelitos, dar una respuesta rápida y trabajar en la recuperación de los datos. Y especialmente generar conciencia de que la cultura de la ciberseguridad es clave para las empresas.
En América Latina se está gestando una crisis silenciosa que pone en riesgo a empresas, gobiernos y ciudadanos. La falta de profesionales capacitados en ciberseguridad. Mientras los ataques digitales crecen en frecuencia y sofisticación, la cantidad de expertos disponibles no aumenta al mismo ritmo. Generando entonces una brecha que deja a la región vulnerable frente a amenazas cada vez más complejas.
Hoy, la ciberseguridad ya no es un tema exclusivo de áreas técnicas. Es un asunto estratégico que impacta la economía, la confianza en los servicios digitales y hasta la estabilidad de un país. Sin embargo, muchas empresas carecen de los recursos humanos necesarios para protegerse. Este déficit no solo afecta a las grandes corporaciones, sino, sobre todo, a las pymes, que suelen ser las más desprotegidas y, paradójicamente, las más atacadas.
“Para cerrar esta brecha necesitamos avanzar de manera simultánea en tres frentes claves. En primer lugar, formación y reconversión profesional. Es urgente multiplicar los programas de capacitación en ciberseguridad, no solo en universidades, sino también en institutos técnicos. Y a través de iniciativas de reskilling. Muchos profesionales de IT tienen la base necesaria para especializarse, pero requieren entrenamiento y certificaciones que les permitan dar el salto a roles críticos en seguridad”.
“En segundo lugar, colaboración público-privada. Ningún sector puede enfrentar este desafío solo. Gobiernos y empresas deben trabajar en conjunto para generar incentivos y marcos que promuevan la formación de empleo. En países donde se implementaron políticas colaborativas, los resultados fueron claros: la brecha comenzó a achicarse”.
“Y en tercer lugar, tecnología como aliado. Mientras formamos nuevos profesionales, las empresas necesitan soluciones inmediatas. Los modelos de ciberseguridad como servicio, como SOC, SIEM y SOAR administrados, ofrecen acceso a equipos especializados. Y herramientas avanzadas que muchas organizaciones no pueden costear de manera interna”.
La ciberseguridad y el cibercrimen ya no es un tema del futuro. Es el presente, y si no se aceleran los procesos, los atacantes seguirán moviéndose más rápido que la capacidad de defensa que tienen las empresas. A su vez, la región necesita tener una estrategia integral que combine educación, cooperación y tecnología para construir un ecosistema seguro y resiliente. Ya que de su capacidad de reacción dependerá no sólo la protección de datos e infraestructuras, sino también la confianza digital y el desarrollo económico de Latinoamérica.

